Terapia

Creía que ser fuerte era encontrar la forma de seguir adelante sonriendo, sin importar el cómo. Levantarme, levantarnos, mirando hacia adelante, sin miedo y sin tristeza por lo que no ha sido ni será. Y así avancé, conmigo, sin mí, arrastrando pequeños pedazos adentro que no lograban encontrar su lugar. 


Creía que para crecer había que sortear lo negativo, pasar por sobre lo desagradable enfocándose en lo positivo, saltar hasta lo bueno y acallando lo no tan bueno. Y así avancé, desgarrando en el camino pequeños dolores y atropellando las fragilidades sin buscar su raíz.


Creía que para lograr lo que buscaba debía ser perfeccionista, permitiéndome apoyar y consolar el quebranto de quienes me rodeaban, pero no el mío propio. Exigiéndome lo excelente, apurando la melancolía para así encontrar mi mejor versión. Y así avancé, ahogando bocanadas de aire que fueron acumulándose en mi pecho.


Hasta que ya no pude avanzar…


Conocí la pausa de una forma forzosa. Guardé silencio mientras mis pensamientos buscaban las respuestas necesarias para las preguntas que no alcanzaba a formular. Pero no había nada, solo más silencio. En el abrazo de la angustia y lo sombrío de los días, descubrí una luz pequeña que necesitaba de mí. Era la voz de mis miedos, desagrados, fragilidades, que buscaban consuelo.


Entonces, junto a ellos, empecé encontrar nuevas razones para creer en formas diferentes para ser fuerte, para crecer, para avanzar. Aprendí a ponerme de pie mientras lloraba, entendiendo que mis lágrimas fortalecían cada uno de mis pasos al nutrir mis convicciones. Aprendí a tomar lo negativo entre las manos y observarlo con detenimiento, entregándole un espacio seguro para expresarse y ser transformado. Aprendí a aceptar mis limitaciones, observando sus particularidades para hacerme genuina, sincera, y humana.

Comentarios